Política y antipolítica

Por Julián Arroyo Pomeda

 

 

“En algún sentido, soy un moralista” y mi moral consiste en “no aceptar jamás nada como definitivo, intocable, evidente, inmóvil.” (Foucault, “Interview with Michel Foucault”. San Francisco, 3/11/ 1980).

Hace unos días se oyó en el Congreso de los Diputados un discurso que planteaba la política negativa y la política positiva. A la primera se la denominaba también antipolítica y se atribuía a las derechas, que solo niegan, rechazan, confrontan y bloquean, frente a la izquierda, que se compromete con lo que une y contribuye con esfuerzo y esperanza. En el fondo se estaba describiendo el antagonismo entre los dos bloques, que luchan casi encarnizadamente por imponer sus ideas doctrinales. El final del discurso proclamaba el valor de la política en positivo para cambiar las cosas e invitaba a la oposición a caminar por esta senda.

El término antipolítica tiene, acaso, su mejor referente en el pensador francés Michel Foucault, que reclamó siempre la política de la verdad. Ante la política, Foucault mostraba tanto interés como recelo. Así habló de que “todo es política” (Microfísica del poder, 1992, página 169), o que es “el tema crucial de nuestra existencia” o “la esencia de nuestra vida” (Debate con Chomsky, 2006, páginas 53-4). Por otra parte, coincidir con un Gobierno no implica la aceptación total de sus directrices, porque hay cosas ante las que nos encontramos reacios y hasta muy críticos.

 

Se entiende bien la posición de Foucault, porque puede pasarnos a muchos de nosotros lo que él sentía. Y es que la política cuenta siempre con cierta ambigüedad. Se refería igualmente a la política como continuación de la guerra con otros medios y, a la vez, como el fin de la misma, mediante la negociación y los acuerdos. Con tales estrategias se suele perder algo, pero también se gana en la legitimidad, al saber ceder ante asuntos que son fundamentales para el Estado. Así es la política con tal de que no nos impida pensar, porque esta actividad es fundamental para los seres humanos.

Necesitamos saber algo más, que puede parecer paradójico, porque Foucault se relaciona con la política de forma antipolítica. La política se entiende en términos de poder y su articulación, a través de unas estrategias determinadas. Política es, pues, poder y también estrategia. Cabe dar un paso más y decir que esto no es suficiente, porque pueden pensarse nuevas formas de política. El intelectual se mueve entre el reformismo y la revolución. Los reformistas no destruyen el Estado, sólo lo reforman. Los revolucionarios sí lo hace, pero al tiempo propone otra dimensión de la política, nuevas formas de hacerla, que no opriman ni repriman al sujeto social Por eso no es necesario trastocarlo todo para empezar desde cero, lo que puede implicar un gran peligro actualmente. Este no es el papel de los intelectuales. Las masas no los necesitan, ellas saben muy bien lo que tienen que hacer para cambiar la sociedad. Han de ser más modestos y renunciar al papel hegemónico que han jugado en otros tiempos. Son ahora los individuos implicados en la sociedad quienes lo saben.

La historia nos ilustra de que, muchas veces, queriendo liberar al pueblo, se ha caído en un régimen de terror o de burocracia, que ha traído consecuencias desastrosas con masacres sin fin. Esto no puede volver a repetirse, es nuestra responsabilidad. La disidencia es necesaria. Los desacuerdos con lo que hay nos llevan a una actuación distinta. Se trata de resistencias éticas y actitudes críticas. Por aquí puede encontrarse la concepción griega de la política, en la que la antipolítica puede tener sentido.

La política continúa en franca decadencia, especialmente entre la juventud, que acostumbra a decir que pasa de la política. El problema está en que la policía no pasa de ella y se impone a los jóvenes en forma de impuestos, multas, exigencia de respeto a las normas, convivencia en la conducción de motos, mono patines, etc.

Por otra parte, es cierto que hay crisis de representación política, porque sus órganos no nos representan. Hasta el lenguaje político es rechazable. Se expresa en el antagonismo amigo-enemigo, el otro es el adversario, patria-antipatria, etc. Sin embargo, hay política, porque los seres humanos somos plurales y los diversos hemos de convivir. La política nos da los mismos derechos a todos. Así nos relacionamos y nos podemos realizar. Prejuicios hay muchos y no es menos el que proclama que el poder corrompe. La corrupción, por desgracia, es hoy la lacra de la política, pero solo ella y su actuación puede cambiar la sociedad y mejorar.

El egoísmo impulsa a trabajar por lo propio y no por lo ajeno. La línea griega pensaba en lo público, por eso el ciudadano debía interesarse en lo colectivo, haciendo un servicio público y proponiendo la vida buena y justa. A esto debe dedicarse el poder de la política, que tiene una dimensión ética en la construcción del orden social. Política procede de polis. En la comunidad organizada, o polis hay asuntos públicos e intereses compartidos. Lo público (res pública, para los romanos) es el contenido de la política y no los intereses privados. En la asamblea confrontaban ideas y se iban formando los ciudadanos. En ese sentido se concebía la política como una dimensión humana esencial, “el bien supremo del hombre”, según Aristóteles, que, en cuanto animal político, se organiza en torno a la ley.

La política requiere poder o fuerza, pero solo para organizar la convivencia y mantener el Estado legítimo, impidiendo así el conflicto, que podría acabar en guerra civil y en su destrucción. Por eso deberíamos apreciar esta institución como el fundamento de la paz.

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